¿Y después de un mes qué?

Por: Daniel Hernández

Hoy el país está viviendo la que sería su segunda protesta más larga en las últimas décadas, millones de personas siguen en las calles de distintas ciudades alzando banderas, marchando, realizando plantones y valiéndose del arte, la cultura y el deporte para exigir un cambio inmediato en la forma como han gobernado esta nación.

Tan solo en Bogotá se han registrado más de 300 mil personas en las calles durante estos 30 días, mientras que en el Valle del Cauca la situación ha llegado incluso hasta la quema del Palacio de Justicia de Tuluá. Si bien la violencia no es la solución y la realidad que se está formando exige la creación de espacios urgentes de diálogo; todos estos reclamos deben acabar en algo.

Ya se cayeron las reformas a la salud y tributaria, se anunciaron ayudas para las familias más vulnerables en algunas ciudades y se hizo un debate de moción de censura contra el Ministro de Defensa, que lamentablemente no prosperó. No obstante, la gente sigue en las calles y muchos siguen sin entender por qué.

La respuesta es sencilla, porque los que están en la calle no son los mismos de siempre, este es el turno de los jóvenes. Ya quedaron atrás las viejas protestas en las que unos cuantos grupos sindicales peleaban hasta que el Gobierno de turno engrasaba a sus directivos o donde los políticos usaban esta herramienta social para engordar sus grupos de votantes.

Quienes están en las calles reclaman que los escuchen, no que los callen. Tanto tiempo de protestas es muestra de dos cosas: el Gobierno no quiere escuchar a la gente o no sabe cómo crear espacios de diálogo oportunos para esta situación. La violencia sigue creciendo y ha llegado a puntos como lo sucedido en Cali este viernes, donde comunidad y miembros de las instituciones se matan en vía pública.

Este es el momento, después de 30 días seguidos de protestas, en el que muchos no tienen claro lo que piden los manifestantes y ¿por qué?, porque nadie se ha tomado el trabajo de escucharlos, porque no hay confianza, porque durante todo este tiempo la orden principal ha sido la de contener y no la de disuadir.

Se ha priorizado la contención e imposición sobre el diálogo, se ha señalado y se ha juzgado sin conocer la realidad que están viviendo. Se rompieron los lazos de confianza y no se ve un panorama alentador para llegar a una solución que permita ponerle fin a las manifestaciones que a este ritmo podrían durar otro mes más, agravando la situación económica del país y la crisis social que dio inicio a todo.

Un buen punto de partida sería el reconocimiento de los errores que se han cometido de parte y parte, también sería propicio que la fuerza pública acepte las denuncias de abuso de autoridad y que los manifestantes entiendan que detrás de un uniforme hay un ciudadano como ellos, con familia que los espera en la casa. La pelea en las calles no es entre policías y vándalos, esto es un conflicto entre ciudadanos de a pie.

Aceptar los errores y entender las diferencias permitirá crear un mínimo espacio para alimentar la confianza que necesita este país, bajarle el ruido a las piedras y las balas y poder escucharnos unos a otros. Protestas como estas se ven pocas veces y por tanto se deben aprovechar para lograr cambios tangibles y sustanciales; la gente no soporta más la desigualdad en la que se vive y mucho menos que los políticos sigan haciendo lo que les venga en gana.

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