Tres Historias

Por: Daniel Hernández

José* tenía apenas 13 años cuando lo mataron en el 2002, su muerte fue celebrada por muchos y otros tantos resaltaron que se había dado fin a la carrera de “criminal en potencia”, ya que desde hacía varios tenía azotado al pueblo con robos, extorsiones y consumo de drogas. Su muerte llegó a manos de otros “delincuentes que al parecer estaban cansados de su desobediencia.

Su historia no llegó más allá del voz a voz entre la gente y el registro en un medio de noticias judiciales. Nadie supo que José* tuvo que ver cómo asesinaban a sus padres en la puerta de su casa y que luego de eso quedó al cobijo de la calle, lugar en el que aprendió aquello por lo que terminó siendo asesinado.

Lo mismo pasó con Wilmer*, otro joven que a sus 14 años fue engañado y reclutado por los Paramilitares y acabó en los Llanos Orientales junto a cuatro amigos más, de los cuales uno fue asesinado por los delincuentes cuando el Ejército trató de rescatarlos. Luego de eso fue sicario y aunque la vida le sonrió y pudo resarcir su vida; actualmente, con más de 30 años, aún carga con las secuelas y recuerdos de ese episodio.

Es normal verlo caminar por el pueblo, radiante de alegría y gozando de sus hijos y una profesión con la que puede sacar adelante a su familia. Sin embargo, cada que recuerda ese episodio dice que hubiese preferido no tener que haber visto cómo mataban a su amigo.

La tercera historia es la de Diego*, asesinado a sus 17 años, a pocos días de entrar a la Policía, luego de que sus profesores lo convencieran de dejar la vida de pandillero en la que llevaba más de cinco. Al igual que con José, muchos celebraron su muerte sin saber que siempre que se le preguntaba por qué había escogido ese camino, Diego decía que “no había más para hacer”.

Lo paradójico fue que la noche en la que lo mataron iba con su novia para la casa, pues llevaba casi un mes lejos de la delincuencia, y al ver que dos sujetos en una moto disparaban contra sus amigos a pocas cuadras de donde estaba pasando, se acercó a ver cómo los podía auxiliar y una bala perdida le segó la vida.

Puede que usted diga que tal vez lo merecían, que recibieron lo que les tocaba por estar donde no debían o que eso no les habría pasado si se hubiesen invertido su tiempo en otras cosas y por eso caben estas preguntas: ¿qué otras cosas podían estar haciendo José, Wilmer y Diego?, ¿existían en realidad opciones válidas para que estos jóvenes ocuparan su tiempo libre?, ¿en serio llegamos al punto en que naturalizamos y aceptamos la muerte de otros, solo porque son malas personas?

Lo que tal vez no ha pensado es que en Flandes hay una deuda con nuestros niños y jóvenes desde hace mucho tiempo, un tema en el que no se ha hecho mayor cosa, pese a que la realidad reclama acciones urgentes: el aprovechamiento del tiempo libre y la creación de una oferta cultural, educativa o deportiva que mantenga ocupados a los niños, niñas y adolescentes del pueblo.

Solo basta con recordar aquella década de los 90 en la que existió una Casa de la Cultura robusta a la que los menores podían asistir para aprender de música, danza o teatro. En esa época el pueblo también llegó a ser potencia en el fútbol de salón y llevó varios de sus talentos a la Selección Tolima. Desafortunadamente todo esto desapareció como consecuencia de la falta de una política o estrategia de aprovechamiento del tiempo libre.

El tiempo que se mantiene a los menores ocupados, es tiempo que usted se lo roba a la calle y disminuye las posibilidades de que caiga en malos pasos, asegurándoles un mejor futuro para ellos y para todo el pueblo. En lugar de naturalizar y creer que hay “buenos muertos”, es necesario mirar porqué se están descarriando y qué podemos hacer para que esto no siga ocurriendo.

La creación de ofertas culturales, deportivas o de ocio para los menores, es la mejor inversión que puede hacer desde la sociedad, porque aunque no deje ganancias tangibles, asegura que los adultos que mañana sean personas integras, cultas y que entienden la importancia de apostarle a las generaciones venideras.

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