Todos saben quiénes son y donde están

Por: Daniel Hernandez

Durante años han sido una sombra en Flandes y como toda sombra, sabemos dónde está y cómo se mueve, pero decidimos obviarla por que consideramos que es algo sin importancia, la hemos asumido como parte del paisaje o tal vez preferimos mirar hacia otro lado para no tener que enfrentar las consecuencias del mal que han sembrado con total impunidad.

Están en lugares conocidos por la mayoría de nosotros, esperando el momento para asaltar y robarse a los niños, niñas y jóvenes; envolviéndolos en el mundo de la droga y arrastrándolos a la vida criminal; quitándonos así la oportunidad de soñar con un futuro mejor.

Todos sabemos quiénes son y dónde están, creciendo en anonimato gracias a nuestra complicidad o desinterés. Primero eran cinco y ahora más de 100; ubicados en barrios como La Ceiba, San Luis, Iqueima, El Obrero y Las Rosas; donde pusieron sus “ollas” y desde allí controlan y mandan, en ocasiones mucho más que la misma autoridad.

Permearon los colegios y amenazaron a los profesores, pusieron contra la pared a los líderes de los barrios y se apoderaron de los parques y canchas de fútbol. También, gracias a la falta de programas de arte y cultura sólidos para la juventud y la niñez, pudieron convencer a muchos menores de que la vida en la calle era lo mejor.

Ahora operan con “correos humanos”, tarea para la que usan a todos los jóvenes y niños que pueden reclutar, esos mismos que después se pierden en la droga o acaban muertos en una guerra absurda que solo los beneficia a ellos y que por décadas ha desangrado a nuestro pueblo. Basta con recordar las historias que ya hemos contado en esta columna para poner tres ejemplos de muchas historias que a diario se viven en Flandes y que quedaron en la impunidad.

Si bien es cierto que se han hecho esfuerzos para combatirlos por parte de algunos alcaldes, porque no todos se han comprometido como se debe, estos jefes criminales han logrado sobrevivir y mantenerse, entrando y saliendo de la cárcel; tan pronto como uno muere o es capturado, dos más ocupan su lugar y mantienen vivo el problema.

La solución a este mal no puede esperar, es urgente la implementación de estrategias para el aprovechamiento del tiempo libre, la concientización de nuestros jóvenes sobre los daños que conlleva caer en el mundo de la drogadicción y la creación de programas que los ayuden a forjar un proyecto de vida; bien dice el refrán: “quien sabe para dónde va, difícilmente tuerce su camino”.

Todos sabemos dónde están, quiénes son y cómo operan; es momento de que empecemos a señalarlos, dejar que la luz caiga sobre ellos y pasen a ser algo más que una simple sombra. También llegó la hora de que pidamos acciones contundentes a los mandatarios de turno para poner contra la pared a quienes nos están robando el futuro, porque eso son los niños, niñas y adolescentes.

Ya basta de mirar hacia otro lado, la maldad no crece por los actos de quienes la representan, sino por la indiferencia de los buenos. Basta con que cada uno se pregunte qué puede hacer para ayudar y se cuestione sobre lo que está pasando y preste atención a la forma en la que por años se han robado la tranquilidad de todo un pueblo.

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