¡Sálvanos!

 Por.  Manuel Flórez Alemán

¿Quién es más culpable, el que peca por la paga o el que paga por pecar?  Dígalo, sor Juana, porque mi justicia ni fu ni fa.
Don «corona» ha mostrado la catadura de la corrupción, tan consentida por el liberal-conservatismo y su diáspora. La plaga de paga y cobro tiene dimensiones universales pero parece colombiana. Ocupamos el puesto 96 entre 180 países con 37 puntos en una escala de 0 – 100.
La ancestralidad y atavismo de esta epidemia ya la consideramos parte de nuestro ADN cultural.  Independientemente de si la trajeron o no los españoles, o si ya existía como sello aborigen, lo cierto es que viene desde la colonia.
Santa Fe de Bogotá apenas tenía 64 años y unos 4000 habitantes cuando vivió el primer escándalo de corrupción. Desaparecieron de la Real Audiencia 5000 pesos oro de la corona. Los dos sospechosos, prestantes de la realeza, murieron, de manera muy singular, casi que al mismo tiempo. Se habló de envenenamientos. La fortuna no apareció.
En 1819, en el Congreso de Angostura, Bolívar propuso crear el Poder Moral de la República para formar a los ciudadanos y evitar los actos corruptos. El mismo año, Santander propuso la pena de muerte para los funcionarios públicos culpables de malversación de fondos. Por esa misma fecha, Francisco Antonio Zea, prócer de la Independencia, se hizo rico a costa de de los empréstitos ingleses, dicen. Y, aún hoy, nos preguntamos qué pasó con la «danza de los millones», producto de la venta de Panamá.
Entre 1998 y 2005, se promulgaron más de 10 normas anticorrupción – de Gaviria a Uribe – y nada pasó. Del 2004 al 2019 registré 92 escándalos de corruptela política, desde el proceso 8 mil hasta el «atraco» a las arcas de la Universidad Distrital. Sin los más de 11 millones de sufragios de la consulta burlada. Como era de esperarse, la pandemia colmó el vaso: lo indecible, las tarifas de las UCIS. Comerciando con todo hasta con la muerte. ¡Qué horror!
Esta descomposición tiene su origen  profundo en el subdesarrollo y su prole: la corrupción y la politiquería, sus hijas gemelas y siamesas. Donde hay subdesarrollo, hay corrupción. Y donde está la corrupción medra la politiquería. Son inseparables.
La política es buena y necesaria para los pueblos. Procura el bien común, la sana convivencia y la búsqueda de la felicidad, siguiendo los cauces de la ética, la moral y la democracia. Lo malo es la politiquería que es su negación. El politiquero la prostituye, la instrumentaliza en beneficio propio o de su grupo, así sea delinquiendo o militando en el crimen.
La politiquería es el meollo, la cabeza de playa de la corrupción. Golpea de manera inclemente las instituciones, el trabajo digno, saquea los presupuestos. Reduce todo a la compreventa de conciencias y a la servidumbre mental. Aliena al ciudadano. Y lo que es peor, corrompe los hogares, los pauperiza, dificultando su función primaria de forjar ciudadanos. El 14.3% está en pobreza extrema y el 34.1% en pobreza de la otra. Así su tarea de educar es inalcanzable.
No es cierto que la corrupción sea patrimonio de lo público. El sector privado corrompe todo desde antes de la urna hasta la silla presidencial. Son los que tienen el parné y pagan por pecar. Los politiqueros pecan por la paga.
El antídoto, la vacuna contra esta pandemia es el voto bien votado. No puede ser que a más corrupto más votos. Votar bien es el camino hacia la ética y la moral pública, y la  democracia. Votar bien conforma poderes e instituciones equitativas y justas que castigan al que paga y al que cobra. Además, por no votar bien, la corrupción nos quita 50 billones de pesos al año, casi un billón semanal. Vota bien. ¡Sálvanos!

(1) La cepal, Andrea Paola Zuleta (Internet), Juan Gossaín(El Tiempo), Antonio Caballero (Semana), José R Gamarra (Internet), Wikipedia, Transparencia Internacional y por Colombia 2020, Procuraduría, Contraloría y Portafolio.

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