Privilegios que no deberían ser para unos pocos

Por: Daniel Hernandez

Como si lo hubiésemos aceptado y se volviera parte del paisaje, con los años municipios como Flandes, Girardot, Agua de Dios, Ricaurte, Tocaima, Espinal y en general en gran parte del país; se han convertido en una especie de despensa de beneficios políticos y económicos que solo llegan a unos pocos, por encima del compromiso que tenemos como sociedad de ayudar a todos los que necesiten.

Estos beneficios o ventajas se pueden ver reflejados en una mejor calidad de vida, acceso a los servicios del Gobierno o simplemente ser tenidos en cuenta antes que los demás en cualquier proceso que se realice. Es como si se hubiese normalizado que existen personas de primera, segunda y hasta tercera categoría.

Por poner un ejemplo: supongamos que dos personas llegan a una alcaldía a solicitar una cita con un funcionario o tal vez con el mismo alcalde, uno de ellos es de clase humilde y el otro no, por el contrario, tiene “influencias” o ayudó en la campaña; ¿a quién cree que atienden primero? La respuesta creería que salta a la vista, aunque no se debe desconocer que hay contadas excepciones en las que se da un trato igualitario.

El punto acá es que si bien habrá casos en los que puede que atiendan primero a la persona humilde o se prioricen los casos de acuerdo a la importancia de sus necesidades, generalmente la posición social o la cercanía con las administraciones de turno determina el orden de atención o solución a las necesidades.

Muchos dirán que tal vez esa es la dinámica de la política o que una persona de estrato alto puede tener problemas más urgentes que los que puede llegar a necesitar una humilde, puede que argumenten que ayudó en campaña y que hay que darle la mano al que apoyó para llegar a gobernar y tal vez sientan que tienen razón; no obstante, las cosas deben funcionar de otra manera.

Aceptar este tipo de ideas nos está llevando al punto en el que nos encontramos actualmente y que como ciudadanos hemos aceptado, ya no se gobierna para la gente, toda en general, sino para los amigos o en contra de los que fueron adversarios. A raíz de esto, por décadas se ha ejecutado el presupuesto o se ve a los municipios como una torta que hay que repartir y no como lo que es: un espacio donde se debe generar oportunidades para todos.

Los derechos ciudadanos no se pueden medir por las afinidades políticas, el estrato social, las amistades o cualquier otro mecanismo que termine generando la sensación de que hay ciudadanos de primera, segunda y hasta tercera categoría. Esto es lo que nos ha convertido en lo que somos para muchos políticos, un fortín de votos que algunos ofrecen en épocas electorales a cambio de esos privilegios.

Lo peor es que muchas personas no conocen el poder de un voto, nadie se los ha explicado porque no conviene que se caiga el “negocio”, y por eso terminan cambiándolo por una teja, un bulto de cemento, 50 mil pesos o, en el peor de los casos, un tamal. El voto que usted y su comunidad tienen debería convertirse en más colegios, mejor salud o desarrollo y crecimiento económico, así que piense mejor si lo vende o exige un futuro para todos a cambio de él.

Mientras se siga manteniendo este tipo de compraventa de votos, no nos podremos quejar de que se gobierne para unos pocos y no para la ciudadanía en general, hasta que no entendamos lo que vale nuestro derecho a elegir, seguiremos esperando a que nos quieran entender. No olvidemos que las palabras “servidor público” vienen de lo que significa, de lo que usted entiende por servirle a la gente, ellos deben trabajar para nosotros y no al revés. Es momento de que ideas como esta empiecen a crecer entre la gente para que todo cambie.

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