Como vacas al matadero

Los últimos acontecimientos en el país relacionados con aspectos como la reforma tributaria, la seguridad, las demoras en la vacunación o tal vez las cuarentenas en distintas ciudades del país; han despertado la indignación de muchas personas que han usado sus redes sociales para expresar su molestia o han convocado a marchas para los días venideros.

Los ánimos en muchas partes están caldeados y la gente, con justa razón, guarda un grito de protesta que tal vez se les ahoga en un mar de impotencia al ver que todo pasa y nadie hace frente a las desigualdades o frena esas decisiones que consideran injustas. Exenciones tributarias a quienes no las necesitan y nuevos impuestos para la clase media.

Si hemos de aterrizar esto a lo regional, que es de lo que siempre hablamos, basta con ver lo que se ha hecho en casos como Espuflan, la organización indebida del POT, la falta de una planeación territorial o la carencia eterna de un plan de impulso a la industria y comercio en el Flandes; para darse cuenta que esos pecados también se cometen aquí.

Cosas como estas seguro nos han llevado a más de uno de nosotros a preguntarnos en algún momento: ¿qué tanto le importamos a nuestros dirigentes?, ¿será que en verdad piensan en la comunidad cuando deciden? o ¿todavía recordarán que hay miles de personas esperando a que en realidad marquen un cambio y hagan crecer las cosas?

El punto es que las respuestas a todo esto se encuentran a nuestro alrededor, basta con mirar su forma de actuar, de pensar y hasta de reírse en cada uno de esos momentos en los que toman decisiones que solo benefician a unos pocos. Cuando sacan una nueva reforma, cuando dicen cosas como que “trabajamos muy poco y ganamos mucho” o acceder a servicios de salud.

Ese inconformismo suyo parte de la frustración que siente cada que ve cómo atropellan sus derechos, de esa impotencia de pensar que se está haciendo todo mal y que a nadie le importa; que tal vez sueña con una pensión, con un trabajo bien remunerado y en condiciones dignas o con montar un negocio sin que se lo coman vivo los impuestos; y nada de eso podrá hacerse realidad.

Está bien que se sienta enojado e inconforme con todo lo que pasa, pero ¿qué hará para que eso cambie? Aquel que se queja y no hace nada es tan culpable de lo malo, como el que comete el error. Por ejemplo, en Flandes se han entregado licencias urbanísticas durante años sin una planeación estricta y nadie ha dicho nada.

Para muchos políticos la gente no es más que un voto que en muchos casos tiene un precio que nosotros mismos nos dejamos poner. No somos otra cosa que vacas que llevan al matadero cada que necesitan y luego desechan porque no les servimos para otra cosa; nuestra voz no les importa, mucho menos nuestras necesidades. ¿en serio dejaremos que eso siga pasando?

En algunos lugares su gente alzó la voz tan duro que los tuvieron que escuchar, en otros marcaron un cambio real en las urnas y en otros la gente les recordó a sus dirigentes quiénes son los que mandan, que el pueblo es la primera autoridad y que pueden salir de sus puestos de poder tan fácil como llegaron.

Es necesario que los políticos no olviden el orden de las cosas y que su compromiso es con el pueblo; pero también urge que la gente recuerde que tan poderosa es su voz y que no basta con quejarse, también hay que actuar. Una sola arenga no marca el cambio.

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