Administradores de pobreza

Por. Daniel Hernandez

La entrega de mercados, ayudas o subsidios no es algo que se le deba aplaudir o celebrar a los gobernantes; sacar pecho o mostrar gestión con esto no es más que una canallada. Este componente social hace parte de las funciones que deben cumplir, para eso fue que los elegimos y no hay nada de especial en usar el dinero que salió de nuestros impuestos para ayudar a quienes lo necesitan.

Colombia es un estado social (después hablaremos del derecho) en el que quienes tienen mayores ingresos apoyan a aquellos que más lo necesitan. El presidente, los gobernadores y alcaldes; no son más que los encargados de garantizar que la plata no se pierda y que las ayudas lleguen a las familias y personas más vulnerables.

Casos como Agro Ingreso Seguro, los restaurantes escolares con pechugas a 40 mil, los alumnos fantasmas o los bonos de agua; son muestra de que ni siquiera eso hicieron bien y se robaron la plata de personas que a duras penas tienen acceso a una comida al día o de niños que en muchos casos van a la escuela porque es el único lugar que tienen donde hay algo para comer.

Hay que ser muy infame en la vida para robarse la plata de la población más vulnerable de este país. ¿En qué momento normalizamos estos Robin Hood a la inversa, que le roban a los pobres para dársela a los ricos?, ¿no les duele saber que esa plata que se roban es la de un adulto mayor, de una persona con discapacidad o de una madre cabeza de familia que en verdad la necesita?

Son administradores de pobreza que juegan con las necesidades e ilusiones de la gente, piden votos a cambio de promesas que nunca cumplirán y se venden como los salvadores de un mal que ellos mismos crearon. Nunca se han mostrado interesados en generar programas que realmente ayuden a la comunidad a mejorar su condición de vida, porque saben que se arriesgan a perder un voto con cada persona que deja de ser pobre.

Si realmente estuvieran interesados en ayudar, generarían empleos en vez de dar mercados, apoyarían las micro y pequeñas empresas, crearían espacios de desarrollo para que se fortalezcan los sectores agrario e industrial, darían alternativas de trabajo en casa para las madres cabeza de hogar o, en el caso de Flandes, hubieran recuperado hace muchos años un espacio vital como la Plaza de Mercado.

Un buen gobernante no es aquel que se muestra como el salvador porque trae un pan, es quien enseña a la gente a sembrar, a cosechar y a producir; para que no tengan que depender. Desafortunadamente los que están en el poder saben que necesitan de esa dependencia y temen que la gente entienda que son simples administradores y no los salvadores de una sociedad que ellos mismos estancaron por décadas.

Como sociedad debemos exigir desarrollo, no ayudas, ni auxilios. Los gobernantes están obligados a generar programas de empleo más allá de los contratos que se reparten en alcaldías, gobernaciones o presidencias. Su prioridad debe ser la creación de una mejor calidad de vida que se mantenga en el tiempo y crezca; eso va más allá de un mercado, una teja, un plato de comida o un subsidio.

Ya basta de administrar pobreza y jugar con las necesidades de la gente, los políticos no solo salvadores, ni un faro de luz que marca el camino; son personas que trabajan para el pueblo y es momento de que su trabajo se mida por gestiones y no por la imagen benevolente que muestran cada que se toman una foto haciendo su trabajo.

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